Soy Batman – Buen Camino – 1×05. También en Ivoox, Spotify y Youtube

Pronto, él actuará. Pronto, él dejará este frío mástil y caerá hacia la noche de noviembre.

Y tras una explosión de vidrios, entrará a la habitación que está debajo.

Rápidamente, golpeará los ambiciosos sueños de alguien que se aprovecha de los inocentes.

Ellos cayeron, su madre y su padre, y nunca más se levantaron.

Él tampoco, pues cuando el joven Bruce Wayne se levantó de esa acera…

Ya se estaba convirtiendo en lo que años después sería.

Tenía un propósito; ahora, tiene una dirección.

(El hombre que cae, Dick Giordano)

2019 fue el año más difícil de mi vida. Sólo un mes después de perder a mi abuela materna, se separaron las dos personas más importantes para mí.

Estaba tan mal que acabé perdiendo mi trabajo. Por si fuera poco, meses más tarde, la que era mi novia desde el instituto, decidió hacer su vida por separado.

No sabía qué hacer: mis bases se estaban tambaleando. Por un momento, deseé que se derrumbaran, hundirme con ellas y ser enterrado por los cascotes.

Entonces, algo pasó.

A finales del siglo XV, el shogun Ashikaga Yoshimaza envió a reparar a China 2 de sus tazas de té favoritas. Sin embargo, no se mostró satisfecho con el resultado.

Los artesanos chinos se habían limitado a repararlas con grapas de metal. El señor feudal, entonces, decidió depositar sus esperanzas en profesionales de su propio país.

Mediante el encaje y la unión de los fragmentos de las tazas con barniz espolvoreado, los artesanos japoneses devolvieron la forma original a la cerámica.

Este proceso transformó para siempre su identidad estética, evocando la propia imperfección de las tazas a través de sus fisuras.

Por lo tanto, los artesanos no se molestaron en disimular las líneas de rotura, decidieron exhibir las heridas del pasado y mostrar así el proceso de transformación.

El kintsugi, como conocemos hoy en día este arte japonés, consiste en reparar las fracturas de la cerámica con barniz de resina mezclado con polvo de oro, plata o platino.

Así las cosas, las heridas dejan de ser un trazo de oscuridad para convertirse en todo lo contrario: ventanas a través de la que puede penetrar la luz.

Es una filosofía que plantea que las roturas forman parte de la historia, de ahí que deban mostrarse en lugar de ocultarse para manifestar la verdadera belleza.

¿Te has dado cuenta?

Sucede algo similar en nuestras sociedades. A menudo, escondemos nuestros fracasos, errores y pérdidas bajo una máscara de infalibilidad y éxito.

Sin embargo, son las grietas, arrugas y heridas que nos acompañan aquellas que nos hacen verdaderamente humanos en lugar de ideales de la perfección.

¿Para qué nos caemos?

Durante semanas, me di el permiso de permanecer en el suelo, derrotado mientras encontraba la fuerza necesaria para levantarme y remprender mi vida.

Sucedió entonces: todo cambió.

  • Finalmente, me levanté.
  • Finalmente, superé la separación.
  • Finalmente, encontré trabajo.
  • Y, sí, finalmente, me volví a enamorar.

Decía Carl Jung, “no soy lo que me pasó; yo soy aquello en lo que elijo convertirme”. Hoy decido ser todos mis aciertos, pero también todas mis dificultades y mis fracasos.

Estas cicatrices ya no son, como antaño, marcas de oscuridad, sino ventanas a través de las que penetra una luz cálida, que me ha hecho más resiliente, más humano.

No utilizo ningún maquillaje para esconder mis imperfecciones. Quiero que salten a la vista para que otras personas puedan aprender de lo que a mí me sucedió.

Es la máxima expresión de la generosidad.

De la misma manera, Bruce Wayne hace de su trauma una poderosa fuente de maduración; de su tragedia, un punto de inflexión para la superación.

Porque si Batman es un símbolo y no un millonario con una capa, entonces, yo también soy Batman. Porque me caí, pero aprendí a levantarme.

Lo supo en ese instante, entendió la dirección que debía tomar.

Por un momento, saboreo una nueva emoción. Por un momento, él fue feliz.

Se convirtió en algo nunca visto.

Un vengador nocturno, implacable, compasivo y a la vez humano.

Y menos que humano. Y más. Tuvo que darle un nombre a esto que había creado

En lo que se había convertido. Él lo llamó, Batman.

(El hombre que cae, Dick Giordano)